top of page

Palacio de Liria en Madrid: historia, salas, obras de arte y la fascinante Casa de Alba

  • Foto del escritor: Gaditana por el Mundo
    Gaditana por el Mundo
  • hace 7 horas
  • 46 min de lectura

Descubre el Palacio de Liria en Madrid: su historia, las salas más importantes, las obras de Goya, Velázquez y Rubens, quiénes fueron los duques de Alba y cómo visitar esta joya histórica.


Madrid es una ciudad repleta de monumentos emblemáticos, pero entre sus calles también esconde auténticas joyas que, a pesar de su enorme valor histórico y artístico, siguen siendo desconocidas para muchos visitantes. Una de ellas es, sin duda, el Palacio de Liria, la residencia histórica de la Casa de Alba y uno de los palacios privados más importantes de Europa.


En mi última visita a la capital tuve la oportunidad de recorrer este extraordinario edificio, una experiencia que me permitió descubrir no solo una impresionante colección de obras de arte, sino también la apasionante historia de una de las familias nobiliarias más influyentes de España. Cada estancia, cada retrato y cada objeto conservado entre sus muros nos transporta a diferentes momentos de la historia de nuestro país, convirtiendo la visita en un auténtico viaje a través del tiempo.


Además, el Palacio de Liria forma parte de la Red de Patrimonio Histórico de España (REPAHIS), una iniciativa que reúne algunos de los monumentos más destacados del país y que invita a los viajeros a descubrirlos a través de un pasaporte patrimonial que puede sellarse en cada visita. Si sois amantes de la historia y del patrimonio, os recomiendo participar en esta iniciativa, ya que es una forma fantástica de conocer algunos de los rincones más fascinantes de España.


🎟️ Reserva aquí tu visita al Palacio de Liria (Civitatis)


Manos sostienen un cuaderno rosa abierto con sellos de monumentos; se leen Granadas, Castillo de Belmonte y Palacio de Liria.

A lo largo de este artículo recorreremos juntos el interior del Palacio de Liria, visitando algunas de sus salas más representativas, como la biblioteca, el Salón de los Montijo, el Salón Estuardo, el Salón Goya o el espectacular Comedor de Gala. También conoceremos las obras maestras de artistas como Velázquez, Goya, Rubens, El Greco o Tiziano, que convierten este palacio en una auténtica pinacoteca privada.


Pero este recorrido no estaría completo sin detenernos en la historia de la Casa de Alba. Descubriremos quiénes fueron algunos de sus personajes más ilustres, cómo nació este poderoso linaje, qué relación mantuvo con la monarquía española y por qué su legado sigue siendo uno de los más importantes de Europa.


Si estáis planeando una escapada a Madrid o simplemente sentís curiosidad por conocer uno de los edificios más exclusivos de la capital, acompañadme en este recorrido por el Palacio de Liria. Estoy convencida de que, cuando terminéis de leer este artículo, comprenderéis por qué este lugar es mucho más que una residencia aristocrática: es un auténtico museo vivo donde la historia, el arte y el patrimonio se dan la mano en cada rincón.


La historia del Palacio de Liria

Hablar del Palacio de Liria es adentrarse en más de dos siglos de historia, arte y nobleza. Situado en pleno corazón de Madrid, este majestuoso edificio no solo es la residencia histórica de la Casa de Alba, sino también uno de los palacios privados más importantes de Europa. Su extraordinaria colección artística, su impresionante archivo histórico y el legado de las familias que lo habitaron lo convierten en un auténtico símbolo del patrimonio español.


El origen del Palacio de Liria

Aunque hoy el Palacio de Liria está estrechamente ligado a la Casa de Alba, sus orígenes se encuentran en otra familia nobiliaria: los duques de Berwick y de Liria, quienes jugaron un papel fundamental en la historia de la nobleza española y europea. Este impresionante palacio no solo es un símbolo de poder y riqueza, sino que también es un testimonio de la historia tumultuosa de Europa en los siglos XVII y XVIII.

Todo comenzó con Jacobo Fitz-James Stuart, primer duque de Berwick, un personaje fascinante que representa la intersección de varias dinastías reales. Nacido como hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra, Jacobo Fitz-James Stuart fue un hombre que, tras la pérdida del trono por parte de su padre en la revolución de 1688, se vio obligado a forjar su propio camino en el mundo. Su vida estuvo marcada por una brillante carrera militar, primero al servicio de Francia, donde demostró su valía en diversas campañas, y posteriormente bajo la bandera de la Corona española durante la Guerra de Sucesión, un conflicto que redefiniría el mapa político de Europa. Su destacada actuación en la batalla de Almansa en 1707 fue un punto de inflexión crucial, ya que su victoria no solo consolidó la posición de Felipe V en el trono español, sino que también le valió el reconocimiento y la recompensa del rey, quien le concedió el ducado de Liria y Jérica.

Este título, que se convertiría en sinónimo de grandeza y prestigio, fue el que inspiró el nombre del futuro palacio. Así, el ducado no solo simbolizaba un estatus elevado dentro de la nobleza, sino que también marcaba el inicio de una nueva era para la familia Fitz-James Stuart. Décadas más tarde, sería su nieto, Jacobo Fitz-James Stuart y Colón, III duque de Berwick y de Liria, quien, reconociendo la importancia de su legado familiar y el deseo de dejar una huella perdurable en la historia, decidiría levantar en Madrid una residencia que reflejara el prestigio alcanzado por la familia.

El palacio, diseñado para ser un símbolo de poder y cultura, no solo sería un hogar, sino también un centro de actividades sociales y políticas, donde se llevarían a cabo encuentros de alto nivel y se celebrarían eventos que marcarían la vida de la corte española. La construcción del Palacio de Liria no solo fue un acto de ostentación, sino también una manifestación del deseo de la familia de integrarse y destacar en la sociedad madrileña, un lugar donde la historia de España se entrelaza con las historias personales de aquellos que lo habitaron.


La construcción de una residencia excepcional

Las obras de esta monumental residencia comenzaron en 1767 y se prolongaron hasta 1785, abarcando casi dos décadas de arduo trabajo y dedicación. El primer arquitecto encargado del ambicioso proyecto fue el francés Louis Guilbert, un profesional reconocido por su habilidad en la creación de espacios elegantes y sofisticados. El duque, que residía en París en ese momento, tenía la visión de una residencia que capturara la esencia de los lujosos hôtels particuliers franceses, famosos por su diseño exquisito y su atención al detalle. Sin embargo, a medida que avanzaban las obras, surgieron diversos problemas técnicos y de diseño que complicaron el progreso del proyecto. Estas dificultades llevaron a la decisión de reemplazar a Guilbert por Ventura Rodríguez, uno de los arquitectos más destacados y respetados de la España del siglo XVIII, conocido por su maestría en la arquitectura neoclásica.

Ventura Rodríguez no solo asumió la tarea de corregir las deficiencias estructurales que habían surgido durante la gestión de Guilbert, sino que también redefinió gran parte del proyecto original. Su enfoque innovador y su profundo conocimiento de la estética neoclásica transformaron la residencia, dotándola de una elegante imagen que ha perdurado hasta la actualidad. A pesar de su dedicación y esfuerzo, ni el arquitecto ni el propio duque llegaron a ver la obra terminada, lo que añade un matiz trágico a la historia de este magnífico edificio. La responsabilidad de concluir la construcción recayó en Blas Beltrán Rodríguez, primo de Ventura Rodríguez, quien asumió el reto de finalizar lo que se había convertido en un símbolo de la ambición arquitectónica de su tiempo.

El resultado final fue un edificio de planta rectangular, que se caracteriza por su sobriedad y monumentalidad, elementos que le confieren un aire de grandeza y dignidad. Este palacio es considerado por muchos historiadores como el primer gran palacio privado en España que puede rivalizar con la magnificencia del cercano Palacio Real de Madrid. De hecho, el renombrado historiador del arte José Manuel Pita Andrade llegó a afirmar que era «el primer edificio de Madrid digno de armonizar con el Palacio Real», lo que subraya su importancia no solo en el contexto arquitectónico, sino también en la historia cultural de la ciudad. La residencia no solo se erige como un testimonio del talento y la visión de sus arquitectos, sino también como un símbolo del esplendor de una época en la que la arquitectura alcanzó nuevas alturas en el país.


De los Berwick a la Casa de Alba

Aunque el Palacio de Liria fue construido por los duques de Berwick, una nobleza de gran renombre, con el paso de los años y a través de diversas circunstancias históricas, terminó convirtiéndose en la residencia principal de la Casa de Alba, una de las dinastías más ilustres y reconocidas de España. Este palacio, que se alza con majestuosa elegancia en el corazón de Madrid, no solo es un símbolo de poder y estatus, sino también un refugio de historia y cultura que ha sido testigo de innumerables eventos significativos a lo largo de los siglos.

La unión de ambos linajes se produjo tras el fallecimiento, en 1802, de la notable y célebre María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, quien fue la XIII duquesa de Alba. Esta figura histórica, conocida por su belleza y su influencia en la sociedad de su tiempo, fue inmortalizada por el famoso pintor Francisco de Goya, quien capturó su esencia en varios retratos que hoy en día son considerados obras maestras. Al morir sin descendencia, el ducado pasó a Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, quien se convirtió en el XIV duque de Alba. Este traspaso marcó un hito importante, ya que desde entonces, los títulos de Alba y Berwick quedaron definitivamente unidos en la misma familia, consolidando así una herencia que se extendería a lo largo de las generaciones.

Fue precisamente Carlos Miguel quien, además de asumir la nobleza del ducado, enriqueció notablemente las colecciones artísticas del palacio, convirtiéndolo en un verdadero tesoro cultural. Durante su Grand Tour por Italia, un viaje que realizaban los jóvenes aristócratas europeos para adquirir conocimientos y experiencias culturales, adquirió importantes pinturas, esculturas y antigüedades que no solo adornaron el palacio, sino que también elevaron su estatus como un centro de arte y cultura. Su pasión por el arte no se limitó a la adquisición de obras, sino que también se convirtió en un destacado mecenas de artistas españoles, apoyando y promoviendo el talento local. Este compromiso con la cultura sentó las bases de una de las colecciones privadas más importantes del continente, que aún hoy se puede apreciar en el Palacio de Liria, donde se conservan obras de gran valor histórico y artístico.

El legado de los Berwick y la Casa de Alba no solo se refleja en el esplendor del palacio y sus colecciones, sino también en la influencia que han tenido en la historia social y política de España. A través de matrimonios estratégicos, alianzas políticas y su participación activa en la vida pública, esta familia ha dejado una huella indeleble en la historia del país, convirtiéndose en un símbolo de la nobleza y el arte en España.


La tragedia de la Guerra Civil

Uno de los episodios más dramáticos de la historia del Palacio de Liria tuvo lugar durante la Guerra Civil Española.

En noviembre de 1936, el edificio fue alcanzado por los bombardeos y sufrió un devastador incendio que destruyó prácticamente todo su interior. Solo permanecieron en pie las fachadas exteriores. Gracias a la rápida evacuación de gran parte de las obras de arte y documentos históricos, muchas de las piezas más valiosas pudieron salvarse. Aun así, el incendio provocó la pérdida de más de setenta pinturas, además de muebles, lámparas, alfombras y una gran parte del archivo administrativo y de la biblioteca.


La reconstrucción del Palacio

Finalizada la guerra, el XVII duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, impulsó la reconstrucción del palacio. Para ello encargó el proyecto al prestigioso arquitecto británico Sir Edwin Lutyens, conocido por diseñar parte de la ciudad de Nueva Delhi. Aunque Lutyens falleció antes del inicio de las obras, dejó definidos los planos del nuevo zaguán, la gran escalera y la capilla. La ejecución corrió finalmente a cargo del arquitecto español Manuel Cabanyes.

Las obras comenzaron en 1948 y finalizaron en 1956. El XVII duque no llegó a ver concluida la reconstrucción, ya que falleció en 1953. Fueron su hija, Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, y su marido, Luis Martínez de Irujo, quienes culminaron la restauración y devolvieron al Palacio de Liria el esplendor que hoy admiramos. Además, en 1973 crearon la Fundación Casa de Alba, con el objetivo de proteger y difundir este extraordinario patrimonio histórico y artístico.


El Palacio de Liria en la actualidad

Hoy el Palacio de Liria continúa siendo la residencia oficial del XIX duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart, y la sede de la Fundación Casa de Alba. Al mismo tiempo, sus puertas permanecen abiertas al público, permitiendo descubrir una colección excepcional formada por obras de Velázquez, Goya, El Greco, Murillo, Zurbarán, Rubens, Tiziano, Ribera o Brueghel, además de una biblioteca y un archivo que conservan auténticos tesoros documentales, entre ellos varios autógrafos de Cristóbal Colón.

Visitar el Palacio de Liria no significa únicamente recorrer una residencia aristocrática. Es adentrarse en una parte fundamental de la historia de España, donde cada estancia, cada cuadro y cada documento ayudan a comprender el legado de una de las familias más influyentes de Europa.


¿Quién construyó el Palacio de Liria?

El Palacio de Liria fue mandado construir por Jacobo Fitz-James Stuart y Colón, III duque de Berwick y de Liria, quien deseaba levantar una residencia acorde con el prestigio alcanzado por su linaje. Las obras comenzaron en 1767 y se prolongaron hasta 1785, dando como resultado uno de los mejores ejemplos de arquitectura neoclásica de Madrid. Este palacio no solo es un testimonio del esplendor de la nobleza española de la época, sino que también refleja las influencias arquitectónicas que se estaban gestando en Europa, especialmente en Francia, donde el duque pasó una parte significativa de su vida.

Aunque hoy el palacio está íntimamente ligado a la Casa de Alba, en sus orígenes perteneció a los duques de Berwick y de Liria, una familia de origen británico descendiente de Jacobo Fitz-James, hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra. Tras la victoria del primer duque de Berwick en la batalla de Almansa (1707), el rey Felipe V le concedió el ducado de Liria y Jérica, un título que acabaría dando nombre a este magnífico palacio. Esta concesión no solo elevó a la familia a posiciones de mayor relevancia en la corte, sino que también les permitió acumular un patrimonio cultural y artístico que perdura hasta nuestros días.

Cuando comenzaron las obras, el III duque residía en París y quiso que su nueva residencia se inspirara en los elegantes hôtels particuliers franceses. Para ello confió el proyecto al arquitecto Louis Guilbert, aunque, pocos años después, fue sustituido por Ventura Rodríguez, uno de los arquitectos más prestigiosos de la España del siglo XVIII. Rodríguez, reconocido por su capacidad para fusionar estilos y adaptarse a las necesidades de sus clientes, corrigió diversos problemas técnicos y redefinió el proyecto, otorgándole la elegante estética neoclásica que hoy admiramos. Su visión arquitectónica no solo se limitó a la estructura del palacio, sino que también incluyó la planificación de los jardines y los espacios exteriores, creando un entorno armonioso que complementa la grandeza del edificio.

Sin embargo, ni el duque promotor ni Ventura Rodríguez llegaron a ver el edificio terminado. Ambos fallecieron antes de finalizar las obras, que fueron concluidas por Blas Beltrán Rodríguez, primo del arquitecto, respetando el diseño concebido para esta residencia señorial. El resultado fue un palacio de planta rectangular, rodeado de jardines por sus cuatro costados, una disposición muy innovadora para la época y que hizo que el historiador José Manuel Pita Andrade lo definiera como «el primer edificio de Madrid digno de armonizar con el Palacio Real». Esta afirmación resalta no solo la calidad arquitectónica del Palacio de Liria, sino también su importancia en el contexto urbano de Madrid, donde se erige como un símbolo de la riqueza y el poder de la nobleza.

Con el paso de los años, el Palacio de Liria pasó a formar parte de la Casa de Alba gracias a la unión de los títulos de Berwick y Alba. Desde entonces, ha permanecido ligado a una de las familias nobiliarias más importantes de Europa y se ha convertido en la residencia principal de la Casa de Alba, además de custodiar una de las colecciones privadas de arte más valiosas del mundo. Esta colección incluye obras de artistas renombrados como Goya, Rubens y Murillo, lo que convierte al palacio no solo en un lugar de residencia, sino también en un centro cultural de gran relevancia, donde se preserva y se celebra la historia del arte y la nobleza española.


Galería palaciega con columnas, busto clásico, escaleras y cuadros; textos dorados en la cornisa.

La Casa de Alba: más de cinco siglos de historia

Hablar del Palacio de Liria es hablar inevitablemente de la Casa de Alba, uno de los linajes nobiliarios más antiguos, influyentes y prestigiosos de España. A lo largo de más de cinco siglos, sus miembros han desempeñado un papel fundamental en la historia política, militar, cultural y artística del país, acumulando un patrimonio histórico excepcional que hoy constituye uno de los legados privados más importantes de Europa. Esta casa no solo ha sido testigo de los acontecimientos más relevantes de la historia española, sino que también ha influido en la dirección de estos a través de sus acciones y decisiones.

El origen del ducado se remonta a 1472, cuando el rey Enrique IV de Castilla concedió a García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo el título de I duque de Alba de Tormes. Desde ese momento, la familia comenzó a consolidar su poder y su influencia gracias a su estrecha relación con la Corona, así como a una astuta política de alianzas matrimoniales con algunas de las casas nobiliarias más importantes de España. Este enfoque estratégico no solo les permitió acumular riqueza y prestigio, sino que también les facilitó un papel destacado en la corte y en los asuntos de Estado, convirtiéndose en actores clave en la política española a lo largo de los siglos.

Uno de los personajes más célebres del linaje fue Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, III duque de Alba, conocido universalmente como el Gran Duque de Alba. Considerado uno de los mejores estrategas militares del siglo XVI, sirvió fielmente a Carlos V y Felipe II, participando en algunas de las campañas más importantes de la época. Su victoria en la batalla de Mühlberg, en 1547, y su gobierno en los Países Bajos lo convirtieron en una de las figuras más poderosas de la Europa renacentista. Su fama trascendió las fronteras españolas y todavía hoy es recordado como uno de los grandes generales de la historia, un símbolo de la ambición y el poder militar de la Casa de Alba durante su apogeo.

Sin embargo, la historia de la Casa de Alba no estuvo marcada únicamente por las armas y la conquista. Con el paso de los siglos, sus diferentes duques y duquesas se convirtieron también en grandes mecenas del arte y la cultura. Gracias a su interés y apoyo, se reunieron colecciones de pintura, escultura, tapices, mobiliario, libros y documentos históricos que hoy forman parte del extraordinario patrimonio conservado en el Palacio de Liria. Este palacio no solo es una residencia aristocrática, sino también un verdadero museo que alberga obras maestras y testimonios del pasado español.

Una de las figuras más conocidas fue María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba. Su fuerte personalidad y su estrecha relación con Francisco de Goya la convirtieron en uno de los personajes más fascinantes de finales del siglo XVIII. El célebre retrato de La duquesa de Alba de blanco, conservado actualmente en el Palacio de Liria, es una de las obras más emblemáticas de toda la colección, reflejando no solo su belleza, sino también la complejidad de su carácter y su posición en la sociedad de su tiempo. La influencia de la duquesa en el mundo del arte y su relación con Goya han dejado una huella indeleble en la historia del arte español.

La XIII duquesa falleció en 1802 sin dejar descendencia. Como consecuencia, el ducado pasó a Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, XIV duque de Alba, perteneciente a la familia Fitz-James Stuart, descendiente directa del mariscal Jacobo Fitz-James Stuart, I duque de Berwick e hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra. Con esta sucesión, los títulos de Alba y Berwick quedaron definitivamente unidos, una unión que continúa hasta nuestros días y que ha fortalecido el linaje, aportando una rica herencia cultural y social.

Carlos Miguel desempeñó un papel decisivo en el enriquecimiento artístico de la Casa de Alba. Durante su conocido Grand Tour por Europa, especialmente por Italia, adquirió numerosas pinturas, esculturas y antigüedades que todavía hoy pueden contemplarse en las distintas salas del Palacio de Liria. Además, apoyó a numerosos artistas españoles, contribuyendo a la difusión del arte y la cultura durante el siglo XIX, lo que permitió a la Casa de Alba no solo conservar su patrimonio, sino también participar activamente en la evolución del arte en España.

Otro personaje fundamental fue Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba. Historiador, diplomático, político y gran amante del patrimonio, impulsó la reconstrucción del Palacio de Liria tras su destrucción durante la Guerra Civil Española. Gracias a su iniciativa y al enorme esfuerzo realizado por la familia, el palacio recuperó gran parte de su esplendor original, convirtiéndose nuevamente en un símbolo de la historia y la cultura española. Su dedicación a la conservación del patrimonio histórico ha sido un legado que perdura hasta nuestros días.

Su hija, Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, XVIII duquesa de Alba, fue probablemente la aristócrata española más conocida del siglo XX. Heredó más de medio centenar de títulos nobiliarios y dedicó buena parte de su vida a conservar y divulgar el inmenso patrimonio familiar. En 1973, junto a su primer marido Luis Martínez de Irujo, creó la Fundación Casa de Alba, una institución destinada a proteger las colecciones artísticas, los archivos y los edificios históricos pertenecientes al linaje. Esta fundación ha jugado un papel crucial en la preservación de la historia y el legado de la Casa de Alba, asegurando que las futuras generaciones puedan disfrutar y aprender de este patrimonio invaluable.

En la actualidad, el título corresponde a Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, XIX duque de Alba, quien continúa la labor de conservación y difusión del patrimonio familiar. Gracias a esta política de apertura, hoy es posible visitar el Palacio de Liria y descubrir una colección excepcional que incluye obras de Velázquez, Goya, El Greco, Rubens, Tiziano, Murillo, Zurbarán, Ribera o Sorolla, además de documentos únicos como cartas autógrafas de Cristóbal Colón, el testamento de Fernando el Católico o la célebre Biblia de Alba. Esta apertura al público no solo permite apreciar la riqueza artística de la colección, sino que también ofrece una ventana a la historia de España a través de la vida de esta ilustre familia.

Más allá de sus títulos nobiliarios, la Casa de Alba representa una parte esencial de la historia de España. Su trayectoria refleja la evolución política, social y cultural del país durante más de quinientos años. Cada generación ha contribuido, de una manera u otra, a ampliar y conservar un legado que hoy puede contemplarse en el Palacio de Liria, convirtiéndolo no solo en una residencia aristocrática, sino en uno de los mayores tesoros históricos y artísticos de nuestro país. La Casa de Alba, con su rica herencia y su compromiso con la cultura, sigue siendo un pilar fundamental en la narrativa de la historia española, un testimonio del paso del tiempo y de la importancia de preservar nuestra memoria colectiva.




Mi visita al Palacio de Liria

Después de varios años recorriendo castillos, monasterios y palacios de toda España, tenía muchas ganas de conocer por fin el Palacio de Liria, una de las residencias privadas más importantes del país y sede histórica de la Casa de Alba.


Ubicado en pleno centro de Madrid, a pocos minutos de la Plaza de España, este magnífico palacio sorprende desde el primer instante. Tras atravesar la entrada principal y dejar atrás el bullicio de la ciudad, el ambiente cambia por completo. Los jardines, el silencio y la elegante fachada neoclásica nos transportan a otra época, haciendo difícil imaginar que nos encontramos en una de las zonas más concurridas de la capital.


Mi visita la realicé con la audioguía oficial, una opción que recomiendo sin ninguna duda. A lo largo del recorrido se explican la historia del edificio, la evolución de la Casa de Alba y el significado de muchas de las obras de arte que alberga el palacio. Esto convierte la experiencia en un auténtico viaje por la historia de España.


Además, el Palacio de Liria forma parte de la Red de Patrimonio Histórico de España (REPAHIS), por lo que aproveché la visita para añadir un nuevo sello a mi pasaporte patrimonial. Si, como yo, disfrutáis descubriendo monumentos históricos, os recomiendo llevarlo siempre encima, ya que es una forma muy bonita de conservar el recuerdo de cada visita.


Una vez cruzamos las puertas del palacio, comprendemos rápidamente que no estamos visitando un museo al uso. El Palacio de Liria continúa siendo la residencia de la Casa de Alba, y eso se percibe en cada estancia. Los salones conservan el ambiente de una gran casa aristocrática, donde las obras de arte, el mobiliario y los objetos decorativos no están expuestos como piezas aisladas, sino integrados en los espacios para los que fueron concebidos.


A lo largo de la visita iremos recorriendo algunas de las estancias más representativas del palacio, descubriendo auténticas joyas de la pintura española, flamenca e italiana, admirando documentos únicos de la historia de España y conociendo a los personajes que hicieron de la Casa de Alba uno de los linajes más influyentes de Europa.


Si hay algo que me sorprendió durante todo el recorrido fue comprobar que el Palacio de Liria no destaca únicamente por la belleza de sus salones o por la extraordinaria colección artística que conserva. Lo verdaderamente especial es que cada habitación cuenta una parte de la historia de esta familia y, al mismo tiempo, de la propia historia de España. Por eso, más que una simple visita cultural, recorrer el Palacio de Liria es adentrarse en varios siglos de patrimonio, arte y memoria.

A continuación, os invito a acompañarme sala por sala para descubrir los espacios más destacados de esta fascinante residencia y las obras maestras que esconde en su interior. Cada estancia tiene una historia diferente que merece ser contada.


Selfie de mujer sonriente con gafas en la cabeza, frente a un palacio histórico soleado y un árbol verde.


La Biblioteca: el gran tesoro documental del Palacio de Liria

Si hay una estancia capaz de emocionar tanto a amantes de la historia como del arte, esa es, sin duda, la Biblioteca del Palacio de Liria. Más allá de su elegante decoración y del ambiente de tranquilidad que se respira entre sus estanterías, este espacio custodia uno de los fondos documentales privados más importantes de España y de Europa.

Nada más entrar, la sensación es la de encontrarse en un auténtico santuario del conocimiento. Cada vitrina y cada estantería albergan siglos de historia, convirtiendo esta biblioteca en una de las grandes joyas de la Fundación Casa de Alba. En ella se conservan más de 18.000 volúmenes, entre manuscritos, incunables, primeras ediciones y obras históricas de un valor incalculable.

Pero su verdadero valor no reside únicamente en el número de libros, sino en las extraordinarias piezas que han llegado hasta nuestros días gracias al empeño de la Casa de Alba por preservar su legado documental.

Uno de los grandes tesoros es la Biblia de la Casa de Alba, una traducción al castellano de la Biblia hebrea realizada en el siglo XV por el rabino Moisés Arragel. Esta obra constituye una pieza fundamental para comprender el diálogo cultural entre las comunidades judía y cristiana en la Castilla medieval y está considerada una de las joyas bibliográficas más importantes del patrimonio español.

Igualmente fascinante es la colección de cartas autógrafas de Cristóbal Colón, considerada la única colección privada de este tipo conservada en el mundo. Estos documentos llegaron a la Casa de Alba gracias a los vínculos familiares con los duques de Veragua, descendientes directos del almirante. Tener ante los ojos escritos originales de uno de los personajes más influyentes de la historia universal convierte la visita en una experiencia difícil de olvidar.

La biblioteca también conserva el último testamento de Fernando el Católico, además de numerosos documentos relacionados con la monarquía española, la Casa de Estuardo y la propia historia de la familia Alba. Estos manuscritos permiten reconstruir algunos de los episodios más importantes de la historia de España desde una perspectiva privilegiada.

Durante la Guerra Civil Española, gran parte de este extraordinario patrimonio pudo salvarse gracias a su evacuación antes del incendio que devastó el Palacio de Liria en 1936. A pesar de las importantes pérdidas sufridas, la recuperación de numerosos documentos y la posterior reconstrucción del edificio permitieron que hoy podamos seguir disfrutando de este legado histórico.

Mientras recorría esta estancia, no podía evitar pensar que, en ocasiones, el mayor tesoro de un palacio no son sus cuadros ni sus muebles, sino las historias que guardan sus documentos. Cada manuscrito, cada carta y cada libro nos conecta con personajes que marcaron el rumbo de la historia y convierten la Biblioteca del Palacio de Liria en mucho más que una colección bibliográfica: es un auténtico viaje al pasado, donde la memoria de la Casa de Alba sigue viva entre sus páginas.


Biblioteca elegante con estanterías turquesa, mesa larga y sillas rosas, lámpara de araña y alfombra floral.

La Gran Escalera del Palacio de Liria

Uno de los espacios más impresionantes del Palacio de Liria es, sin duda, su gran escalera principal. Más que un simple elemento de comunicación entre plantas, constituye el auténtico eje vertebrador del edificio y una de las primeras estancias que sorprenden al visitante por su elegancia y monumentalidad.

Lo primero que conviene saber es que esta no es la escalera original del siglo XVIII. La que hoy podemos contemplar es fruto de la reconstrucción del palacio tras la devastación sufrida durante la Guerra Civil Española. El incendio de 1936 destruyó prácticamente todos los interiores del edificio, por lo que fue necesario proyectar una nueva distribución interior durante las obras de restauración.

El encargado de diseñar esta nueva escalera fue el prestigioso arquitecto británico Sir Edwin Lutyens, uno de los grandes referentes de la arquitectura del siglo XX. Aunque falleció en 1944 antes de ver materializado su proyecto, dejó preparados los planos que posteriormente fueron ejecutados por el arquitecto español Manuel Cabanyes, responsable de dirigir la reconstrucción del Palacio de Liria entre 1948 y 1956.

El resultado es una escalera de gran amplitud y elegancia que se integra perfectamente en la arquitectura neoclásica del edificio. Sus columnas, balaustradas y proporciones monumentales convierten este espacio en una de las imágenes más representativas del palacio y en el punto de partida del recorrido por sus diferentes salones.

Mientras ascendemos por ella, resulta inevitable imaginar a generaciones de duques de Alba, miembros de la realeza, diplomáticos, artistas y destacados personajes de la vida política y cultural recorriendo estos mismos peldaños. No es casualidad que la visita comience aquí: la escalera actúa como un auténtico prólogo que prepara al visitante para descubrir una de las colecciones privadas de arte más importantes del mundo.

Desde este punto se accede a las principales estancias del palacio, donde la historia de la Casa de Alba, la pintura europea y el patrimonio histórico español se entrelazan en un recorrido único que convierte la visita al Palacio de Liria en una experiencia inolvidable.


Escalera palaciega decorada con columnas, cuadros y una estatua clásica en un interior dorado y majestuoso.

Sala de Baile del Palacio de Liria: un homenaje a los Montijo y al esplendor del Segundo Imperio Francés

Tras ascender por la imponente escalera principal, la visita al Palacio de Liria nos conduce a una de las estancias más elegantes y representativas del recorrido: la Sala de Baile, también conocida como la Sala de los Montijo. Este espacio no solo destaca por la belleza de su decoración, sino porque nos permite descubrir la estrecha relación entre la Casa de Alba y una de las familias aristocráticas más influyentes del siglo XIX: los condes de Montijo.

Nada más entrar, la atención se dirige hacia tres retratos de gran formato que dominan la sala. Se trata de Francisca de Sales Portocarrero, conocida familiarmente como Paca, de su hermana Eugenia de Montijo y de Napoleón III, emperador de los franceses. Estas tres figuras fueron protagonistas de una de las etapas más brillantes de la historia de la familia y ayudan a comprender cómo la Casa de Alba estuvo estrechamente vinculada a las grandes cortes europeas.


Francisca de Sales Portocarrero, la duquesa de Alba

El primer retrato corresponde a Francisca de Sales Portocarrero y Kirkpatrick (1825-1860), más conocida como Paca de Alba. Aunque la fama internacional recayó sobre su hermana Eugenia, Francisca desempeñó un papel fundamental en la historia de la Casa de Alba.

En 1844 contrajo matrimonio con Jacobo Fitz-James Stuart y Ventimiglia, XV duque de Alba. Gracias a esta unión, los títulos y el patrimonio de los Montijo quedaron definitivamente ligados a la Casa de Alba, reforzando aún más el prestigio de una de las familias nobiliarias más importantes de España.

El retrato transmite la elegancia y la distinción propias de la alta aristocracia del siglo XIX. Su presencia en esta sala simboliza el vínculo entre dos de los linajes más influyentes del país.


FRANCISCA DE SALES PORTOCARRERO

Eugenia de Montijo, de noble española a emperatriz de Francia

Junto a su hermana encontramos a María Eugenia de Palafox Portocarrero y Kirkpatrick (1826-1920), universalmente conocida como Eugenia de Montijo.

En 1853 contrajo matrimonio con Napoleón III, convirtiéndose en emperatriz de los franceses. Desde ese momento pasó a ocupar un lugar destacado en la política y la sociedad europea. Admirada por su elegancia y personalidad, Eugenia marcó tendencia en la moda internacional y fue una destacada mecenas de las artes.

A pesar de residir en Francia durante buena parte de su vida, nunca perdió el contacto con España ni con su familia. Mantuvo una estrecha relación con la Casa de Alba y contribuyó al enriquecimiento de sus colecciones mediante diversos regalos y objetos personales que hoy forman parte del patrimonio del Palacio de Liria.


Salón dorado con gran retrato de una reina en vestido blanco y verde; apliques encendidos y una mujer de espaldas a la izquierda.

Napoleón III, el último emperador de Francia

Completa este conjunto el retrato de Napoleón III (1808-1873), sobrino de Napoleón Bonaparte y último emperador de Francia.

Su reinado, conocido como el Segundo Imperio Francés, fue un periodo de profundas transformaciones económicas, urbanísticas e industriales. Durante su mandato se llevó a cabo la gran remodelación de París dirigida por el barón Haussmann, que dio lugar a la ciudad que conocemos en la actualidad.

Su matrimonio con Eugenia de Montijo convirtió a una aristócrata española en emperatriz de Francia, un acontecimiento extraordinario que situó a la familia Montijo y, por extensión, a la Casa de Alba, en el centro de la política y la diplomacia europeas.


Salón palaciego dorado con retrato de un noble, sofá capitoné amarillo, candelabros y jarrón junto a ventana.

Una sala que refleja el esplendor de una época

La Sala de Baile constituye una magnífica introducción al recorrido por el Palacio de Liria. Más allá de su función como espacio destinado a recepciones y celebraciones, representa el momento en el que la Casa de Alba alcanzó una extraordinaria proyección internacional gracias a sus vínculos con las principales casas reales europeas.

Los retratos de Paca de Alba, Eugenia de Montijo y Napoleón III no solo embellecen la estancia, sino que narran una historia de alianzas familiares, poder y prestigio que ayuda a comprender por qué el Palacio de Liria sigue siendo uno de los grandes símbolos de la aristocracia española.


El Salón de la Emperatriz

Una de las estancias más elegantes y evocadoras del Palacio de Liria es el Salón de la Emperatriz, dedicado a una de las mujeres españolas más influyentes del siglo XIX: Eugenia de Montijo.

María Eugenia de Palafox Portocarrero y Kirkpatrick nació en Granada en 1826 y pertenecía a la prestigiosa familia de los condes de Montijo. Su vida cambió para siempre cuando, en 1853, contrajo matrimonio con Napoleón III, convirtiéndose en emperatriz de los franceses y en una de las grandes protagonistas de la Europa de su tiempo.

Durante el Segundo Imperio Francés, Eugenia destacó no solo por su posición política, sino también por convertirse en un auténtico icono de la moda y la elegancia. Sus vestidos marcaban tendencia en las principales cortes europeas y su influencia fue tal que incluso impulsó el desarrollo de la alta costura francesa. Además, participó activamente en numerosas obras benéficas y llegó a asumir la regencia del Imperio en varias ocasiones durante las ausencias de su marido.

El salón conserva diversos retratos relacionados con esta rama familiar. Entre ellos sobresale el de la propia emperatriz Eugenia, representada con la elegancia y distinción que la caracterizaron durante toda su vida. Junto a ella también puede contemplarse el retrato de Napoleón III, último emperador de Francia, así como el de Francisca de Sales Portocarrero, conocida cariñosamente como Paca, hermana mayor de Eugenia.

La figura de Paca tuvo una enorme importancia para la historia del Palacio de Liria. Al contraer matrimonio con Jacobo Fitz-James Stuart y Ventimiglia, XV duque de Alba, unió definitivamente el patrimonio de los Montijo con la Casa de Alba, fortaleciendo el legado histórico y artístico que hoy conserva este palacio.

Mientras recorremos esta estancia resulta fácil comprender que el Palacio de Liria no solo alberga extraordinarias obras de arte, sino también las historias de algunas de las familias más poderosas e influyentes de Europa. Cada retrato nos transporta a una época en la que la diplomacia, la política y la nobleza española estaban estrechamente ligadas a las grandes cortes europeas.

Sin duda, el Salón de la Emperatriz constituye una magnífica introducción al recorrido por el Palacio de Liria, ya que permite conocer a algunos de los personajes que contribuyeron a engrandecer la historia de la Casa de Alba y a convertir este palacio en uno de los grandes símbolos del patrimonio histórico español.

Salón palaciego con candelabro, retrato grande, bustos, jarrones y cortinas oscuras; ambiente lujoso y solemne.
Gran retrato de una mujer sentada en un salón lujoso, flanqueado por cortinas borgoña y ventanas; ambiente solemne.

Comedor de Gala: el corazón social del Palacio de Liria

Si hay una estancia que representa la vida cotidiana de la aristocracia española, esa es, sin duda, el Comedor de Gala del Palacio de Liria. Al igual que ocurre en cualquier hogar, este espacio ha sido durante generaciones el lugar de encuentro de la familia, donde se celebraban almuerzos oficiales, cenas de gala y reuniones con invitados ilustres.

Lo más sorprendente es que el comedor ha conservado prácticamente intacta su ambientación histórica, permitiendo al visitante imaginar cómo eran las grandes recepciones organizadas por la Casa de Alba hace más de dos siglos. Cada uno de sus elementos decorativos refleja el refinamiento y el gusto artístico de una de las familias nobiliarias más importantes de Europa.

Uno de los aspectos que primero llama la atención son los espectaculares tapices que cubren las paredes. Fueron tejidos en la prestigiosa Manufactura Real de los Gobelinos de París hacia finales del siglo XVIII y pertenecen a la serie Nuevas Indias. Estas obras se inspiraron en los viajes realizados por Juan Mauricio de Nassau por África, Asia y América, representando exuberantes paisajes tropicales poblados de animales exóticos, aves de vivos colores y una extraordinaria riqueza vegetal. Su presencia no es casual: la naturaleza y la abundancia eran símbolos de prosperidad y poder, convirtiéndolos en una decoración ideal para un salón destinado a recibir a invitados distinguidos.

La riqueza artística del comedor no termina ahí. El mobiliario conserva magníficos ejemplos del gusto francés del siglo XVIII, entre los que destaca una elegante consola diseñada por Jean-Henri Riesener, considerado uno de los ebanistas más prestigiosos de la corte de Luis XVI. Sus muebles decoraron algunos de los palacios reales más importantes de Francia y hoy forman parte del extraordinario patrimonio del Palacio de Liria.

La estancia también alberga una refinada colección de porcelanas, cuidadosamente distribuidas sobre muebles y vitrinas, así como una impresionante lámpara de bronce, que aporta aún más solemnidad al conjunto y contribuye a recrear el ambiente de los grandes banquetes aristocráticos.

Muy cerca del comedor se encuentra el llamado Salón Antiguo, decorado con otra magnífica serie de tapices conocidos como Los Amores de los Dioses. Basados en diseños del pintor francés François Boucher, representan diferentes escenas mitológicas protagonizadas por dioses del Olimpo y reflejan el gusto por el estilo rococó, caracterizado por la elegancia, el colorido y la fantasía decorativa.

Recorrer esta estancia es viajar a una época en la que cada comida oficial era mucho más que una reunión familiar: era una auténtica ceremonia de representación social. Aquí, la gastronomía, el protocolo, el arte y el poder convivían en perfecta armonía, convirtiendo el Comedor de Gala en uno de los espacios más emblemáticos y mejor conservados del Palacio de Liria.


Salón palaciego con candelabro, tapices de animales, mesa de madera, sillas y alfombras; ambiente elegante y solemne.
El Comedor de Gala del Palacio de Liria conserva gran parte de su decoración original del siglo XVIII, destacando sus tapices de los Gobelinos de París y su exquisito mobiliario histórico.

Salón Estuardo: los orígenes británicos de la Casa de Alba

El Salón Estuardo es una de las estancias con mayor carga histórica del Palacio de Liria, ya que permite comprender el origen de la familia Fitz-James Stuart y su estrecha vinculación con la monarquía británica. A través de los retratos que decoran sus paredes, esta sala narra cómo una dinastía nacida en las Islas Británicas terminó convirtiéndose en una de las familias nobiliarias más importantes de España.

Nada más entrar, la mirada se dirige hacia el retrato de María Estuardo, reina de Escocia. Aunque su vida estuvo marcada por las intrigas políticas y terminó siendo ejecutada en 1587 por orden de Isabel I de Inglaterra, su figura representa el origen histórico de la dinastía de los Estuardo, de la que desciende la familia Fitz-James Stuart. Su presencia en esta sala simboliza ese vínculo entre la historia británica y la Casa de Alba.

Junto a ella encontramos el retrato de Jacobo Fitz-James Stuart, primer duque de Berwick. Hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra, destacó como uno de los militares más brillantes de su época. Durante la Guerra de Sucesión Española luchó al servicio de Felipe V y alcanzó la gloria tras la decisiva batalla de Almansa, librada en 1707. Como recompensa por su fidelidad, el monarca español le concedió el ducado de Liria y Jérica, un título que acabaría dando nombre a este magnífico palacio madrileño.

La estancia también rinde homenaje a Jacobo Fitz-James Stuart y Colón, tercer duque de Berwick, quien impulsó la construcción del Palacio de Liria en el siglo XVIII. En su retrato, realizado por Louis-Michel van Loo, aparece señalando un puerto al fondo, un detalle que no es casual. El gesto hace referencia a su condición de descendiente de Cristóbal Colón, ya que su madre pertenecía a la Casa de Veragua, heredera del almirante. Esta conexión histórica queda reforzada por los tapices de la Casa de Veragua que decoran la sala.

Entre las piezas más valiosas destaca un espectacular tapiz flamenco del siglo XV que representa la lucha entre griegos y amazonas, con la muerte de la reina Pentesilea. Se trata de una de las obras textiles más antiguas conservadas por la familia Alba y un magnífico ejemplo del lujo con el que las grandes casas nobiliarias decoraban sus residencias. Elaborado con hilos de lana, seda e incluso oro y plata, este tipo de tapices no solo cumplía una función decorativa, sino que también simbolizaba el poder y el prestigio de sus propietarios.

La sala se completa con dos elegantes bustos realizados por Mariano Benlliure, que recuerdan la estrecha relación de amistad entre la Casa de Alba y el rey Alfonso XIII. Años más tarde, su viuda, la reina Victoria Eugenia, sería recibida en este mismo salón con motivo del bautizo del entonces príncipe Felipe, actual Felipe VI, convirtiendo esta estancia en escenario de algunos de los acontecimientos más destacados de la historia reciente de la familia.

El Salón Estuardo es, en definitiva, mucho más que una galería de retratos. Es un recorrido por los orígenes de una de las casas nobiliarias más importantes de Europa y una magnífica introducción para comprender cómo las historias de Inglaterra, Escocia, Francia y España terminaron entrelazándose en el Palacio de Liria.


Salón museo lujoso con tapiz medieval, candelabro y visitantes sobre alfombra roja; ambiente solemne y opulento.
El Salón Estuardo del Palacio de Liria conserva retratos de la familia Fitz-James Stuart y algunos de los grandes protagonistas de la Casa de Alba.

Salón Flamenco: una de las mejores colecciones de pintura flamenca y holandesa del Palacio de Liria

El recorrido por el Palacio de Liria continúa en el Salón Flamenco, una de las estancias más interesantes para los amantes de la pintura europea. Esta sala alberga una magnífica colección de obras flamencas y holandesas, muchas de ellas adquiridas por Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, XIV duque de Alba, durante sus viajes por Europa en el siglo XIX. Gracias a su pasión por el coleccionismo, el Palacio de Liria conserva hoy una de las colecciones privadas más importantes de España.

Nada más entrar en la estancia, resulta evidente el protagonismo de Pedro Pablo Rubens, uno de los grandes maestros del Barroco flamenco. La obra más destacada de la sala representa a Carlos V y la emperatriz Isabel de Portugal y fue realizada por Rubens tomando como referencia un retrato original de Tiziano. Se trata de una pieza de enorme valor histórico y artístico, ya que reúne a dos de los personajes más importantes de la monarquía hispánica en una composición llena de elegancia y solemnidad.

La presencia de Rubens no termina ahí. En este salón también pueden contemplarse otras pinturas del artista que ponen de manifiesto su extraordinaria capacidad para abordar temas muy diferentes. Desde retratos oficiales hasta escenas mitológicas y paisajes, su estilo dinámico, la riqueza del color y el movimiento de sus composiciones convierten cada una de sus obras en un auténtico espectáculo visual.

Sala de museo con numerosos retratos y óleos en marcos dorados sobre paredes azules, ambiente elegante y solemne.

Junto a Rubens encontramos trabajos de otros destacados pintores flamencos y holandeses, como Jacob van Ruisdael, considerado uno de los grandes maestros del paisaje del Siglo de Oro neerlandés; Willem van de Velde el Joven, famoso por sus detalladas marinas, y David Teniers el Joven, uno de los mejores representantes de las escenas costumbristas flamencas. Su pintura El viejo y la criada, expuesta en esta sala, llegó a la colección como un regalo de la emperatriz Eugenia de Montijo al XVI duque de Alba, lo que añade un interesante componente histórico a la obra.

Pero el Salón Flamenco no destaca únicamente por sus pinturas. También constituye un magnífico escaparate de las artes decorativas que atesora el Palacio de Liria. Una de las piezas que más llama la atención es una espectacular lámpara de porcelana de Meissen, elaborada en el siglo XVIII por la manufactura alemana considerada la más antigua de Europa. Decorada con delicadas figuras, flores, frutas y aves, representa a la perfección el refinamiento artístico de la época.

Junto a ella sobresale una exquisita arqueta de carey y plata, considerada uno de los ejemplos más sobresalientes del arte virreinal conservado en la colección de la Casa de Alba. Este tipo de piezas, elaboradas en los territorios americanos de la Corona española, reflejan la extraordinaria calidad artística alcanzada por los talleres coloniales y ponen de manifiesto la dimensión internacional del patrimonio reunido por esta familia a lo largo de los siglos.

El Salón Flamenco es, en definitiva, mucho más que una sala dedicada a la pintura del norte de Europa. Es un espacio que resume la pasión coleccionista de la Casa de Alba y permite contemplar obras de algunos de los artistas más influyentes de la historia del arte, junto a excepcionales piezas de artes decorativas que convierten esta estancia en una de las más elegantes del Palacio de Liria.


Gran retrato de pareja noble enmarcado en sala de museo, con cortinas rojas y fondo de paisaje; ambiente solemne.
Carlos V e Isabel de Portugal, retratados por Pedro Pablo Rubens a partir de un original de Tiziano, una de las obras maestras que forman parte de la extraordinaria colección artística del Palacio de Liria.

Salón Gran Duque: un homenaje al militar más célebre de la Casa de Alba

Una de las estancias más representativas del Palacio de Liria es el Salón Gran Duque, dedicado a Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, III duque de Alba (1507-1582), una de las figuras más influyentes de la España del siglo XVI.

Conocido como el Gran Duque de Alba, fue uno de los estrategas militares más prestigiosos de su tiempo y desempeñó un papel fundamental durante los reinados de Carlos V y Felipe II, a quienes sirvió durante más de medio siglo. Su brillante carrera militar lo llevó a participar en algunas de las campañas más importantes del Imperio español, convirtiéndose en uno de los generales más respetados (y también más temidos) de Europa.


Una sala dedicada a su legado

Esta estancia fue reconstruida respetando fielmente su aspecto original y reúne una extraordinaria colección de retratos, esculturas, tapices y objetos relacionados con la vida del Gran Duque y con la historia de la Casa de Alba.

Nada más entrar llaman la atención los diferentes retratos de Fernando Álvarez de Toledo, que permiten observar su evolución a lo largo de los años. En ellos aparece representado tanto como diplomático y hombre de Estado, vestido con la elegancia propia de la corte española, como en su faceta de capitán general, portando el bastón de mando y la banda carmesí que simbolizaban su autoridad militar.

La sala también conserva retratos de sus antepasados, entre ellos García Álvarez de Toledo, primer duque de Alba, y Fadrique Álvarez de Toledo, segundo duque de Alba, de quien heredó no solo el título, sino también una sólida formación humanística que marcaría su trayectoria.


Salón histórico con sillones rojos, tapices en paredes, busto y cuadros; ambiente lujoso y solemne.

El hombre de confianza de Carlos V y Felipe II

Fernando Álvarez de Toledo fue mucho más que un militar. Además de dirigir numerosas campañas, desempeñó importantes misiones diplomáticas y ocupó cargos de gran responsabilidad dentro de la Monarquía Hispánica.

Entre sus mayores éxitos destaca la batalla de Mühlberg, librada en 1547 frente a la Liga de Esmalcalda, una alianza de príncipes protestantes del Sacro Imperio Romano Germánico. Aquella victoria consolidó el prestigio militar del Imperio de Carlos V y reforzó la reputación del duque como uno de los mejores generales de Europa.

Años más tarde fue nombrado gobernador de los Países Bajos, donde tuvo que hacer frente a la creciente rebelión contra la Corona española. Su gobierno estuvo marcado por una política muy firme que le valió una gran fama internacional y contribuyó a forjar la conocida Leyenda Negra española.


Tapices, bustos y obras de gran valor histórico

Uno de los elementos más impresionantes de esta sala es la serie de tapices de las Jornadas de Alemania, tejidos en Bruselas en el siglo XVI por Willem de Pannemaker. Estas piezas narran algunas de las campañas militares dirigidas por el Gran Duque y constituyen auténticos documentos históricos elaborados con lana, seda e hilos de oro.

La estancia también alberga dos magníficos bustos de Carlos V y Felipe II, recordando la estrecha relación que el Gran Duque mantuvo con ambos monarcas durante toda su vida.


Mucho más que un militar

Aunque la historia suele recordar a Fernando Álvarez de Toledo por sus victorias militares, también fue un importante mecenas de las artes y de las letras. Durante su vida protegió a numerosos intelectuales y artistas, contribuyendo al desarrollo cultural del Renacimiento español.

Recorrer este salón es adentrarse en la vida de uno de los personajes más influyentes de la historia de España. Cada retrato, cada tapiz y cada escultura nos ayudan a comprender por qué Fernando Álvarez de Toledo pasó a la historia con un sobrenombre reservado para muy pocos: el Gran Duque de Alba.


Salón histórico con tapices, sillones de terciopelo rojo, mesa de madera, lámparas y un gran retrato al fondo.


Salón Español: un recorrido por los grandes maestros del Siglo de Oro

Si hay una estancia capaz de resumir la grandeza de la pintura española, esa es el Salón Español. Al cruzar sus puertas, el visitante se encuentra rodeado por algunas de las obras más representativas del Siglo de Oro, creadas por artistas que marcaron un antes y un después en la historia del arte universal.

La atmósfera de la sala resulta especialmente elegante. Una espectacular lámpara de cristal de Murano ilumina el conjunto y realza la riqueza de las pinturas, el mobiliario y los objetos decorativos que han permanecido ligados a la Casa de Alba durante generaciones.

Buena parte de las obras que hoy contemplamos llegaron a la colección gracias al matrimonio entre el X duque de Alba y la VIII marquesa del Carpio, heredera de una de las colecciones privadas más importantes de la España del siglo XVII. Otras fueron incorporadas posteriormente por Carlos Miguel Fitz-James Stuart, XIV duque de Alba, un apasionado coleccionista que enriqueció notablemente el patrimonio artístico familiar durante su estancia en Italia.

Sin duda, una de las grandes protagonistas de la sala es el Cristo en la Cruz, de El Greco. La pintura refleja perfectamente el inconfundible estilo manierista del artista cretense: figuras alargadas, una intensa carga emocional y un profundo sentido de espiritualidad que convierten esta obra en una de las más destacadas del recorrido.

Muy cerca encontramos otro auténtico tesoro: el delicado retrato de la infanta Margarita, realizado por Diego Velázquez. Muchos historiadores consideran que esta obra sirvió como modelo para la representación de la infanta en la célebre pintura de Las Meninas, convirtiéndose en una pieza de enorme relevancia dentro de la producción del maestro sevillano.

El recorrido continúa con obras de otros grandes nombres de la pintura española. Destaca el retrato del canónigo Juan de Miranda, una de las últimas obras realizadas por Bartolomé Esteban Murillo, pintada apenas dos años antes de su fallecimiento. La colección se completa con un expresivo San Onofre, de José de Ribera, y un magnífico Santo Domingo de Guzmán, de Francisco de Zurbarán, dos artistas que dominaron el uso del claroscuro para transmitir una enorme fuerza dramática y espiritual.


Mesa barroca con reloj y porcelanas sobre fondo de papel rojo floral; habitación elegante y lujosa, sin personas.

La sala también reúne excelentes ejemplos del retrato cortesano renacentista. Entre ellos sobresalen el retrato de Gonzalo Chacón, realizado por Antonio Moro, y el de María de Zúñiga y Pacheco, atribuido a Juan Pantoja de la Cruz, que permiten apreciar la elegancia y la sofisticación de la nobleza española de la época.

El recorrido artístico se completa con una interesante representación de la pintura italiana gracias a Venus y Marte, de Lavinia Fontana, considerada una de las primeras grandes pintoras de la historia. Su presencia en el Palacio de Liria pone de manifiesto el interés de la Casa de Alba por reunir obras de los mejores artistas europeos, independientemente de su procedencia.

Más allá del extraordinario valor individual de cada pintura, el Salón Español ofrece una magnífica visión de la evolución del arte español entre los siglos XVI y XVII. Contemplar reunidas obras de Velázquez, El Greco, Murillo, Ribera y Zurbarán en una misma estancia convierte esta sala en uno de los espacios más valiosos de toda la visita y demuestra por qué el Palacio de Liria alberga una de las colecciones privadas de arte más importantes del mundo.

Personalmente, fue una de las salas que más disfruté durante el recorrido. La posibilidad de contemplar de cerca obras de algunos de los mayores genios de la pintura española, en un entorno que conserva el ambiente de una residencia aristocrática y no el de un museo convencional, convierte esta experiencia en algo realmente especial. Es uno de esos lugares en los que merece la pena detenerse unos minutos para observar cada detalle y dejarse transportar a la época de mayor esplendor del arte español.

Sala roja con retratos antiguos enmarcados, candelabro de cristal, sillones y mesa; ambiente solemne de museo.

Salón Zuloaga: el despacho donde la historia de la Casa de Alba cobra vida

El Salón Zuloaga es una de las estancias más íntimas y personales del Palacio de Liria. A diferencia de otras salas, donde el protagonismo recae en las grandes colecciones de pintura o en los fastuosos tapices, aquí el visitante tiene la sensación de entrar en el antiguo despacho de uno de los miembros más importantes de la familia: Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba.

Esta estancia recibe su nombre del pintor Ignacio Zuloaga (1870-1945), considerado uno de los grandes retratistas españoles del siglo XX. Su estilo, caracterizado por un profundo realismo y una gran fuerza psicológica, convirtió sus retratos en auténticos testimonios de la personalidad de quienes posaban ante él.

Nada más entrar en la sala, la atención se dirige hacia el magnífico retrato del XVII duque de Alba. En él aparece vestido con el uniforme de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, una de las instituciones nobiliarias más prestigiosas de España. Al fondo puede reconocerse el propio Palacio de Liria, mientras que, a sus pies, aparece su inseparable perro Jacobo, un detalle que aporta cercanía y humanidad a la escena. De hecho, el propio duque llegó a bromear diciendo que el perro era casi más protagonista del cuadro que él mismo.

Frente a este retrato encontramos el de su esposa, María del Rosario Silva y Gurtubay, una de las aristócratas más elegantes de su tiempo. Zuloaga la representó luciendo una sofisticada mantilla y peineta españolas, resaltando la elegancia y la tradición de la alta sociedad de principios del siglo XX.

Uno de los cuadros más entrañables de toda la visita es, sin duda, el retrato de Cayetana Fitz-James Stuart, futura XVIII duquesa de Alba, cuando apenas era una niña. El pintor quiso alejarse de la rigidez habitual de los retratos aristocráticos y la representó rodeada de algunos de sus juguetes y de sus mascotas, entre ellas su perro José e incluso un pequeño Mickey Mouse, un detalle sorprendente que refleja la influencia de la cultura popular de la época.

La propia Cayetana recordaría años después lo complicado que fue posar para Ignacio Zuloaga, confesando con humor que no conseguía estarse quieta durante las sesiones y que el pintor se desesperaba con ella. Sin embargo, el resultado fue un retrato lleno de naturalidad y frescura que hoy constituye una de las obras más queridas de la colección.

La sala reúne además los retratos de los padres del XVII duque, realizados por Raimundo de Madrazo, permitiendo contemplar juntas tres generaciones de la Casa de Alba. Es una forma muy visual de recorrer la historia reciente del linaje y comprender la continuidad de una de las familias nobiliarias más importantes de Europa.

Entre el mobiliario destaca una pieza con una historia muy especial: el escritorio que perteneció a Napoleón III, emperador de los franceses. Fue un regalo de la emperatriz Eugenia de Montijo a su sobrino nieto, el XVII duque de Alba. Jacobo Fitz-James Stuart lo utilizó durante años como mesa de trabajo en este mismo despacho, convirtiendo este objeto histórico en una pieza cargada de simbolismo.

Más que una simple sala de exposición, el Salón Zuloaga permite acercarse a la faceta más humana de la Casa de Alba. A través de sus retratos, sus muebles y sus recuerdos personales, el visitante descubre no solo a una de las familias más influyentes de la historia de España, sino también a las personas que habitaron este palacio y dieron continuidad a un legado que ha llegado hasta nuestros días.


Salón Italiano: el legado artístico del Grand Tour

Una de las estancias más elegantes del Palacio de Liria es, sin duda, el Salón Italiano, un espacio que refleja la pasión por el arte y el coleccionismo de la Casa de Alba. Su nombre no es casual, ya que reúne una magnífica colección de pintura italiana que abarca desde el Renacimiento hasta el Barroco y que fue formada, en gran medida, gracias a Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, XIV duque de Alba.


El Grand Tour del XIV duque de Alba

A comienzos del siglo XIX era habitual que los jóvenes aristócratas europeos completaran su educación realizando el conocido como Grand Tour, un largo viaje por las principales ciudades del continente con el objetivo de conocer su patrimonio artístico, cultural y arqueológico.

En 1814, con apenas veinte años, Carlos Miguel emprendió este viaje que marcaría para siempre la historia de la colección del Palacio de Liria. Italia fue su principal destino y permaneció allí durante aproximadamente siete años, recorriendo ciudades como Roma, Florencia, Venecia y Nápoles.

Durante este periodo adquirió numerosas pinturas, esculturas, antigüedades y piezas arqueológicas que posteriormente trasladó a Madrid. Gracias a su interés por el coleccionismo, el Palacio de Liria conserva hoy una de las mejores colecciones privadas de pintura italiana de España.

Pero su aportación fue mucho más allá. El XIV duque también actuó como mecenas, financiando la formación de jóvenes artistas españoles en la Academia Española de Bellas Artes de Roma, convencido de que el contacto directo con el arte clásico era esencial para completar su aprendizaje.


Sala con dos cuadros enmarcados: una Virgen renacentista ovalada y un retrato femenino; pared tapizada dorada y lámpara.

Una colección excepcional

Al entrar en el Salón Italiano resulta evidente que nos encontramos ante una estancia dedicada a algunos de los grandes maestros de la pintura europea.

Las paredes reúnen obras pertenecientes al Renacimiento, el Manierismo y el Barroco, permitiendo recorrer casi tres siglos de historia del arte italiano.

Entre ellas destacan varios retratos de gran calidad realizados por algunos de los artistas más prestigiosos del siglo XVI.

Uno de los más importantes es el retrato del duque de Urbino, pintado por Tiziano, considerado uno de los mayores representantes del Renacimiento veneciano y uno de los pintores más influyentes de la historia del arte occidental.

Junto a él encontramos un retrato atribuido a Palma el Viejo y otro del gran duque de Toscana, Cosimo I de Médici, realizado por Bronzino, uno de los máximos exponentes del Manierismo italiano.


La impresionante Última Cena de Tiziano

Sin embargo, probablemente la obra que más llama la atención sea la magnífica Última Cena, también realizada por Tiziano, situada en la parte central de la sala.

Esta pintura constituye una de las grandes joyas del Palacio de Liria y demuestra la extraordinaria calidad de la colección reunida por la Casa de Alba.

A su alrededor encontramos otras composiciones religiosas de enorme interés, como una delicada Natividad atribuida a Pietro Perugino, maestro de Rafael, además de dos obras de Elisabetta Sirani, una de las mujeres pintoras más importantes del siglo XVII, que representan a la Virgen María y al arcángel San Gabriel formando conjuntamente una escena de la Anunciación.


Pintura enmarcada de la Última Cena: Jesús y apóstoles alrededor de una mesa en una galería, con marco dorado y tono solemne.

Grandes maestros italianos

La visita continúa con otras obras de destacados artistas italianos.

Entre ellas sobresale una Sagrada Familia realizada por Luca Giordano, uno de los pintores barrocos más importantes de Nápoles y muy vinculado también a la corte española durante el reinado de Carlos II.

También merece especial atención La Virgen con el Niño, de Carlo Maratta, una obra de carácter íntimo y delicado que, además, tiene un significado muy especial para la colección de la Casa de Alba, ya que fue la primera pintura adquirida por Carlos Miguel durante su Grand Tour por Italia.

La estancia se completa con una excelente representación de San Juan Bautista con el Cordero, atribuida a uno de los discípulos más cercanos de Leonardo da Vinci, lo que pone de manifiesto el extraordinario nivel artístico de esta colección privada.


Sala con papel tapiz floral, retratos enmarcados y lámparas encendidas; ambiente clásico y cálido.

Un salón que refleja la pasión por el coleccionismo

Más allá del enorme valor económico de las obras expuestas, el Salón Italiano permite comprender la importancia que tuvo el coleccionismo artístico dentro de la Casa de Alba.

Gracias al interés de varias generaciones de duques por conservar y ampliar su patrimonio, hoy es posible contemplar en el Palacio de Liria auténticas obras maestras que difícilmente esperaríamos encontrar fuera de un gran museo.

Recorrer esta sala es, en cierto modo, viajar por la historia del arte italiano sin salir de Madrid y descubrir cómo el gusto, la sensibilidad y el mecenazgo de la Casa de Alba contribuyeron a reunir una de las colecciones privadas más importantes de Europa.


Salón Goya: la elegancia y el legado de una de las duquesas más célebres de España

Uno de los espacios más emblemáticos del Palacio de Liria es, sin duda, el Salón Goya. Esta estancia recibe su nombre por albergar dos extraordinarias obras del genial pintor Francisco de Goya, considerado uno de los artistas más influyentes de la historia del arte español. Pero, más allá de su indudable valor artístico, esta sala permite acercarse a algunas de las figuras más fascinantes de la nobleza española y comprender la estrecha relación que existió entre el pintor aragonés y la Casa de Alba.

La gran protagonista de la estancia es el célebre retrato de María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba, más conocido como La duquesa de blanco. Se trata de una de las obras más importantes que conserva el Palacio de Liria y una de las piezas más admiradas por quienes realizan la visita. Goya retrató a la duquesa con un elegante vestido blanco, una mantilla negra y un llamativo fajín rojo, transmitiendo una personalidad fuerte, sofisticada y llena de carácter.

Durante siglos, la relación entre Goya y la duquesa ha despertado un gran interés entre historiadores y amantes del arte. La confianza que reflejan sus retratos dio lugar a numerosas especulaciones sobre un posible romance entre ambos. Sin embargo, hasta la actualidad no existe ninguna prueba documental que confirme esa relación sentimental, por lo que la mayoría de especialistas considera que forma parte de las muchas leyendas que rodean a estas dos figuras históricas.

Frente a este retrato se encuentra otra magnífica obra de Goya: el retrato de María Gabriela Palafox Portocarrero, marquesa de Lazán y tía de la emperatriz Eugenia de Montijo. En ambas pinturas puede apreciarse la extraordinaria capacidad de Goya para captar la personalidad de sus modelos, alejándose del retrato cortesano tradicional y aportando una naturalidad que revolucionó la pintura de su época.


Sala elegante con retratos antiguos enmarcados en oro, papel floral, espejos y bustos; ambiente clásico y silencioso.

El salón también reúne retratos de otros importantes miembros de la nobleza española realizados por Anton Raphael Mengs, uno de los pintores favoritos de Carlos III y precursor del Neoclasicismo en España. Entre ellos destacan los retratos del XII duque de Alba, Fernando de Silva, y de Mariana de Silva, madre de la XIII duquesa. Además, la sala conserva un magnífico autorretrato de Mengs, considerado una de las obras más destacadas del artista.

La visita se completa con retratos de varias reinas e infantas de España, entre ellos el de Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII e impulsora de la creación del Museo del Prado. Estas obras ayudan a comprender la estrecha relación que la Casa de Alba mantuvo con la monarquía española durante siglos.

Pero no solo las pinturas merecen la atención del visitante. El mobiliario y la decoración recrean el refinado ambiente de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Entre todas las piezas destaca una elegante mesa de estilo Imperio que perteneció a Napoleón Bonaparte, sobre la que se expone una interesante colección de miniaturas y pequeños objetos decorativos. Estas miniaturas, muy populares entre la aristocracia europea, funcionaban como auténticos retratos de bolsillo y eran una forma de mantener siempre cerca la imagen de familiares y seres queridos.

El Salón Goya es mucho más que una galería de retratos. Es un recorrido por una de las etapas más brillantes del arte español y un homenaje a algunos de los personajes que marcaron la historia de la Casa de Alba. Cada obra, cada mueble y cada detalle convierten esta estancia en una de las visitas imprescindibles del Palacio de Liria y en uno de los espacios donde mejor se aprecia la riqueza artística y cultural que conserva esta extraordinaria residencia madrileña.


Sala barroca con retratos enmarcados, lámpara central y mesa con fotos; una persona toma una foto con el móvil.


Jardines del Palacio de Liria

Antes incluso de cruzar las puertas del Palacio de Liria, merece la pena detenerse unos minutos para recorrer sus jardines. Este espacio verde constituye un auténtico oasis de tranquilidad en pleno centro de Madrid y forma parte de la esencia del palacio desde su construcción en el siglo XVIII. A lo largo de los años, los jardines han evolucionado siguiendo las tendencias paisajísticas de cada época, hasta convertirse en uno de los conjuntos históricos privados más elegantes de la capital.

Lo primero que llama la atención es el gran jardín situado frente a la fachada principal. En sus orígenes no era un jardín como el que vemos hoy, sino una amplia plaza o patio de armas conocida como la Plaza del Duque de Berwick. Con el paso del tiempo, este espacio fue transformándose hasta adoptar un estilo romántico inglés, caracterizado por amplias praderas, senderos sinuosos y una cuidada disposición de árboles centenarios que buscan recrear un paisaje natural.

Mientras paseamos por sus caminos podemos contemplar magníficos ejemplares de magnolios, cedros del Líbano, castaños de Indias, tejos y cipreses, algunos con varios siglos de antigüedad. Entre todos ellos destaca especialmente el gran magnolio, considerado uno de los símbolos vegetales del Palacio de Liria y uno de los árboles históricos más emblemáticos de Madrid.

En la parte posterior del palacio el paisaje cambia por completo. En 1916, el prestigioso paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier rediseñó esta zona inspirándose en los grandes jardines clásicos franceses. Aquí predominan la simetría, los parterres perfectamente trazados, una elegante fuente central y diferentes esculturas distribuidas entre la vegetación, creando un ambiente mucho más ordenado y monumental que contrasta con el romanticismo del jardín delantero.

Más allá de su belleza, estos jardines han sido testigos de recepciones, encuentros diplomáticos y celebraciones familiares de la Casa de Alba durante generaciones. Hoy siguen ofreciendo una perspectiva privilegiada del Palacio de Liria y permiten apreciar la armonía entre la arquitectura neoclásica y la naturaleza que la rodea. Pasear por ellos es la mejor manera de comprender que este lugar no es solo una residencia histórica, sino también uno de los rincones más tranquilos y elegantes de Madrid.


Jardín formal con setos geométricos, césped y árboles; terrazas y muros de ladrillo al fondo bajo cielo despejado.

Información práctica

Si estás pensando en visitar el Palacio de Liria, mi recomendación es reservar la entrada con antelación, especialmente durante los fines de semana y los periodos vacacionales, ya que el número de visitantes por pase es limitado y las plazas suelen agotarse con rapidez.

El palacio se encuentra en la calle de la Princesa, 20, en pleno centro de Madrid, y está perfectamente comunicado mediante transporte público. Puedes llegar fácilmente en metro, bajándote en Ventura Rodríguez o Plaza de España, además de contar con numerosas líneas de autobús y la estación de Cercanías de Príncipe Pío a pocos minutos a pie. Palacio de Liria

La visita tiene una duración aproximada de una hora y cuarto, aunque si eres un apasionado de la historia o del arte probablemente necesitarás algo más de tiempo para detenerte a contemplar muchas de las obras. El recorrido se realiza con una audioguía, disponible en varios idiomas, que explica con detalle la historia del palacio, de la Casa de Alba y de las principales piezas que se conservan en cada una de las estancias. También existe la posibilidad de realizar una visita guiada con un guía oficial del palacio.

Si además estás realizando la ruta de la Red de Patrimonio Histórico de España (REPAHIS), no olvides llevar contigo el pasaporte para conseguir un nuevo sello y seguir ampliando esta colección de monumentos históricos.


🎟️ Reserva aquí tu visita al Palacio de Liria (Civitatis)


¿Merece la pena visitar el Palacio de Liria?

Después de recorrer todas sus estancias, mi respuesta es un rotundo .

Madrid cuenta con algunos de los mejores museos del mundo, como el Prado o el Thyssen-Bornemisza, pero el Palacio de Liria ofrece una experiencia completamente diferente. Aquí no recorremos las salas de un museo tradicional, sino que entramos en una residencia que sigue perteneciendo a una de las familias nobiliarias más importantes de Europa. Esa sensación de estar caminando por una casa llena de historia hace que la visita resulte mucho más cercana e íntima.

Uno de los aspectos que más me sorprendió fue el equilibrio entre el continente y el contenido. Por un lado, encontramos un edificio de una enorme belleza arquitectónica; por otro, una colección artística extraordinaria, con obras de Velázquez, Goya, El Greco, Rubens, Tiziano, Murillo o Zurbarán, además de documentos únicos como las cartas manuscritas de Cristóbal Colón o la célebre Biblia de Alba.

Pero, más allá del arte, lo que realmente hace especial esta visita es descubrir la historia de la Casa de Alba. Cada salón, cada retrato y cada objeto ayudan a comprender cómo esta familia ha estado ligada a algunos de los episodios más importantes de la historia de España durante siglos.

Personalmente, salí del Palacio de Liria con la sensación de haber visitado uno de los lugares más fascinantes de Madrid y, al mismo tiempo, uno de los más desconocidos para muchos viajeros. Si te apasionan la historia, el patrimonio, el arte o simplemente quieres descubrir una cara diferente de la capital, estoy convencida de que esta visita no te decepcionará.

Es, sin duda, una experiencia que recomendaría incluir en cualquier itinerario por Madrid, especialmente si buscas ir más allá de los lugares más turísticos y conocer un auténtico tesoro histórico que continúa vivo en pleno siglo XXI.




Una lectura imprescindible para conocer a Eugenia de Montijo

Si, después de visitar el Palacio de Liria, os quedáis con ganas de profundizar en la vida de Eugenia de Montijo, hay una recomendación que no puedo dejar de haceros.

En la tienda del propio palacio se encuentra a la venta Pasión imperial, de la periodista y escritora Pilar Eyre, una apasionante novela biográfica centrada en la vida de la que fue emperatriz de los franceses y esposa de Napoleón III. La obra recorre su infancia en Granada, su llegada a la corte francesa, su matrimonio con Napoleón III y el enorme peso político y social que llegó a ejercer en la Europa del siglo XIX.

Después de recorrer la Sala de los Montijo y descubrir la estrecha relación de Eugenia con la Casa de Alba, este libro me pareció el complemento perfecto para comprender mucho mejor a uno de los personajes más fascinantes ligados a la historia del Palacio de Liria.

Además, si os interesa conocer un poco más a la autora, os recomiendo visitar el canal oficial de Pilar Eyre en YouTube. Allí comparte vídeos en los que habla de muchos de sus libros y de los personajes históricos que ha investigado. Su forma de narrar transmite el mismo entusiasmo y la misma pasión que encontramos en sus obras, haciendo que figuras como Eugenia de Montijo resulten aún más cercanas e interesantes.

Si sois amantes de la historia, estoy convencida de que Pasión imperial es una lectura que disfrutaréis tanto como la visita al Palacio de Liria. En mi caso, fue una forma magnífica de continuar el viaje una vez terminado el recorrido por sus salones.


Portada de un libro morado con retrato de mujer y texto de Pilar Eyre sobre Eugenia de Montijo; fondo beige.

Comentarios


Publicar: Blog2_Post
bottom of page